miércoles, 13 de enero de 2016

Desarraigo

Bryan tenía solo 7 años. Su familia vivía en una casa humilde en Perú, en un pueblecito escondido en el departamento de Arequipa. Desde siempre había visto cómo sus abuelos y sus padres se levantaban temprano y, a la salida del sol, se iban a trabajar al campo.

Al mismo tiempo Bryan tomaba junto con su hermana María y sus amigos Javier y Marcos el camino a la escuela, no era fácil, tenían que recorrer andando cuatro kilómetros por caminos de tierra y piedra, pero iba contento, le encantaba su escuela, un pequeño edificio casi aislado y rodeado de árboles, con bancos alineados por parejas y donde se reunían todos los niños de las aldeas vecinas.

Su Maestro era D. Raimundo. Bryan tenía tres hermanas mayores que él, solo María le acompañaba por las mañanas a la escuela, las otras dos hermanas se quedaban en la casa haciendo tareas para la familia. Al regresar a casa se entretenía un rato jugando en la calle con los amigos y, a veces, se juntaban en la casa de alguno de ellos y veían sus programas favoritos de televisión. Estas eran sus rutinas y su vida.

Una mañana, más temprano de lo habitual, su padre le llamó : -“Bryan levántate, te vas con mamá de viaje”. El pequeño no entendía nada. En menos de una hora iba camino de Arequipa en el carro conducido por su padre, al lado su madre y él atrás con las dos maletas. Unos ojos asombrados retenían en su retina los paisajes de su infancia, descubrían los edificios de Arequipa, el impresionante Masti… el aeropuerto con aviones que volaban de verdad… y en unas horas todo ese mundo desapareció.

Tras un largo viaje aterrizaron en Madrid y de aquí en autobús hacia Sevilla. Bryan no entendía nada, había abandonado su vida, sus sueños, sus amigos, su escuela, no sabía lo que le pasaba, pero lloraba. Su frágil corazón preguntaba a su madre por qué vinieron tan lejos y solos. La madre le contestaba que para encontrar una vida mejor. En el piso convivían con dos familias más y compartían baño y cocina. Desde las ventanas no se veían los árboles, no se escuchaban los pájaros, ¡Se asfixiaba! Pero era tan pequeño que solo podía entender esto con lágrimas.
Recuerdo que llegó a la escuela medio escondido detrás de las faldas de la madre. Subimos a la clase y lo presentamos a los compañeros. Su mamá también entró a conocer a sus nuevos amigos y les contó de dónde venían. Todos le preguntaban, todos querían ser su compañero de mesa, todos querían tenerlo en su grupo. Bryan, a pesar del miedo, mostró una breve sonrisa.
Han pasado algunos años, Bryan, un niño resiliente donde los haya, terminó la primaria con nosotros y pasó al instituto hasta cuarto de ESO. Al tercer año de estar en Sevilla, solo con su madre, se vino el padre con la hermana pequeña. Hace unos días me llegó una carta de Bryan, me decía que habían regresado a su casa en la aldea, que el sueño de alcanzar un mundo mejor no había sido posible.
Estimado maestro: 

Al final regresamos a Perú. El sueño de alcanzar un mundo mejor no ha sido posible. Como sabrá mi madre estuvo limpiando casas y haciendo todos los trabajos que encontraba, guardando cada céntimo, hasta que pudo traer a mi papá y a mi hermana María. Nunca pudimos dejar el piso que compartíamos, pero al menos pudimos coger dos habitaciones y el espacio no era demasiado pequeño.

Mis padres seguían levantándose temprano, como en la aldea cuando iban al campo, buscando la oportunidad de un trabajo que apenas nos daba para sobrevivir. Así hemos estado casi diez años, otra vida. A finales de septiembre del año pasado mis papás decidieron tomar los pocos ahorros que tenían y comprar los billetes de vuelta a casa, ¿qué casa?

La vista del Masti, la vuelta a Arequipa, el trayecto en el todoterreno, lo viví envuelto en lágrimas, no entendía nada, a pesar de mis casi 17 años. Mi padre delante justo al lado del chófer, mi madre, mi hermana y yo atrás, todos callados, sin decir nada. A lo lejos empecé a ver los caminos por donde andaba de pequeño y chapoteaba entre los charcos, comencé a oler a tierra mojada, a sentir los árboles movidos por el viento, me dio un pinchazo en el corazón.

Entre sollozos me abracé a mi madre como cuando era pequeño, María gritaba: ¡estamos llegando, estamos llegando! Mis hermanas nos esperaban, seguían en la casa con los abuelos y también salieron gritando emocionadas al vernos. En pocos segundos estábamos todos abrazados y llorando, habíamos vuelto. Aquí en la aldea las cosas cambian poco. Los abuelos siguen cultivando la poca tierra que nos ha dado hasta ahora para comer, espero que con mis brazos podamos conseguir mejor cosecha y encontrar la felicidad aquí. Siempre le he echado mucho de menos. Me acuerdo de sus palabras cuando me fui al instituto: “sé tú mismo y cuando puedas no pierdas la oportunidad de ayudar a los demás”.

Un abrazo muy grande D. M.
¡Muchos besos! Bryan

Miguel Rosa
@miguel__rosa

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