miércoles, 20 de enero de 2016

Ellos han concluido su vida mientras nosotros caminamos como sombras de nosotros mismos

"Ellos han concluido su vida mientras nosotros caminamos como sombras de nosotros mismos". Stefan Zweig

A La Rebelión del Talento nos gustaría recordar a un refugiado que tenemos siempre presente, tanto por su importancia literaria e histórica, como por su categoría humana. Este autor de referencia, desde nuestra infancia y primera juventud, es Stefan Zweig.

Paulina leía a su madre las biografías que Zweig había escrito de Rolland, Verlaine o Balzac, y su historia tiene un significado personal para ella. Para mí, su preciosa novela “El mundo de ayer", me hizo descubrir la tragedia que supone el desarraigo, y disfruté muchísimo de su talento en otras novelas como “Amok”, y “Momentos estelares de la humanidad”, entre los doce y los catorce años.

Stefan Zweig, como muchos de los refugiados que se han visto obligados a abandonar su hogar y su patria, y  observan cómo sus ciudades, sus casas, sus familias y amigos, en definitiva, su vida, iba desapareciendo de forma sistemática, y sin visos de solucionarse, supuso el inicio de una profunda depresión que lo acompañó para el resto de su vida.

En efecto,  Zweig sufrió la terrible depresión del desarraigo y ello, unido a su enorme habilidad para comprender el sufrimiento humano hizo el resto…

En el caso de Zweig, el auge del nazismo, su ascensión al poder y, finalmente, la IIª GM le llevaron a huir de su casa, su Viena natal, por su condición de judío e intelectual. Primero marchó a Londres, luego a Bath, después a Nueva York y finalmente, a Petrópolis donde se suicidó junto con su esposa, Lotte.

Stefan Zweig había nacido en una familia de judíos vieneses en noviembre de 1881 y se había formado entre Berlín y París. Amigo de Sigmund Freud y Richard Strauss, sentía debilidad por los corazones solitarios, coleccionaba partituras manuscritas de sus músicos favoritos y siempre sintió un enorme miedo a envejecer. Fue un autor de enorme éxito en vida, su obra era muy popular en su país y en Alemania. Sin embargo, todo su mundo se derrumbó con el nacimiento del régimen nazi.
El exilio de Zweig comenzó el día en que había decidido abandonar su mansión de Salzburgo por la presión de la aviación nazi, que arrojaba panfletos sobre la ciudad. Con el estallido de la IIª GM se mudó a Bath, "Me siento más aislado que en ningún otro lugar del mundo", dijo a un amigo en 1939. "¿De verdad crees que los nazis no llegarán hasta aquí?", le decía a su jardinero… Hitler nunca llegó a invadir el Reino Unido pero sus aviones destruyeron Bath en abril de 1942.
Para entonces Zweig y su esposa Lotte se habían mudado a Nueva York, donde se vio en medio de una fuerte polémica por su silencio sobre Hitler, a quien se resistía a criticar en público. Muchos judíos le reprocharon su decisión de seguir trabajando con el músico Richard Strauss, que durante un tiempo mantuvo buenas relaciones con el régimen alemán. Pero él siempre señaló que “nunca hablaría contra Alemania”, y afirmó “El intelectual debe permanecer cerca de sus libros”.
Estas frases son de alguien que busca refugiarse en sus libros, en un espejismo de lo que fue Austria, su Europa, y desencadenó en la depresión por la insoportable decisión de tener que abandonar su patria, "Tenía la cara de un hombre desilusionado que intentaba agarrarse a la desesperada al espejismo de una Europa que ya no existía y que se negaba a llorar como si hubiera muerto".
Su obra fue prohibida en Austria y Alemania, cuando era un autor de enorme popularidad en su tiempo; fue incapaz de aceptar que su mundo de ayer había muerto, expulsado de su ciudad, observando cómo el sueño Europeo se desvanecía;  y humillado al ver cómo el nazismo se apropiaba del idioma alemán, de la cultura y lo sustituía por la ignorancia y la vulgaridad.
Zweig intentó volver a Europa, añoraba el ambiente europeo, su cultura, el idioma, “No somos sino fantasmas o recuerdos”  realmente no creía que le merecía la pena seguir viviendo como una sombra en Nueva York; pero nunca se produjo ese milagro; el nazismo avanzaba inexorablemente, fuerte y con aliados… A Zweig esta angustia le paralizaba: “Europa se ha suicidado", repetía una y otra vez.
Finalmente, los Zweig embarcaron en agosto de 1941 a Brasil. Antes de partir, el escritor le entregó su máquina de escribir a su amigo Joachim Maas y le dijo: "Puedes quedártela como un regalo. Ya no la necesitaré más".

El matrimonio se instaló en Petrópolis, en los atardeceres, Zweig daba largos paseos por la selva con su esposa y leía los ensayos de Montaigne, en cuyos márgenes hacía anotaciones sobre la mejor forma de conservar su libertad.  En aquella época escribió uno de los mejores libros autobiográficos que se han escrito: “El mundo de ayer”, un libro imprescindible que nos traslada a las experiencias de Zweig en su Viena natal, su entorno y su visión de la vida.
El desarraigo fue en aumento, sus esperanzas de volver a Europa, a su casa, a Viena, se derrumbaron al conocer el avance de los nazis en Asia y Oriente Próximo, por lo que  el 22 de febrero de 1942 Stefan y Lotte se suicidaron. Sobre la mesilla unas monedas, una caja de cerillas y un vaso vacío. "Saludo a todos mis amigos", escribió Zweig en su carta de despedida. "Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí".

Y se hizo el silencio. La obra de Zweig, prolífica, original, educativa, enmudeció en Austria y en Alemania, sus libros “desaparecieron” de las estanterías de las librerías y la belleza de su voz se apagó. ¿Con cuántos talentos ha sucedido? Demasiados.

Necesitamos ponerle voz a las tragedias de los refugiados, porque detrás de lo obvio, lo físico, el desarraigo emocional es fortísimo… el dolor emocional siempre es peor. La historia de Stefan Zweig es conmovedora, porque su historia y su pérdida nos resultan trágicas.
Pero hoy hay muchos Stefan que huyen de sus países por las guerras, las dictaduras, por las imposiciones sin sentido, que causan un enorme dolor y rompen las vidas de millones de personas. La tragedia cubre su mayor dimensión, no sólo por el hecho de tener que huir “con lo puesto”, si no el desarraigo que te produce el saber, el tener la certeza absoluta que no podrás volver, ese es el mayor desasosiego.


 Por ellos y para ellas es esta historia.


            Paulina Bánfalvi y Silvana Prats

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