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sábado, 19 de marzo de 2016

Pícaros refugiados

Al trabajar la novela picaresca en 3º de ESO nos hemos dado cuenta de los paralelismos entre la dura vida de algunos niños del siglo XVII y el actual drama de los refugiados sirios. Esto me ha llevado a plantear un proyecto de escritura creativa en el que el alumnado debe documentarse sobre la situación de la España del Barroco y ponerla en relación con el exilio de los refugiados que huyen de la guerra de Siria. La ficha de la actividad es la siguiente:
En nuestro blog de aula de 3º de ESO tenéis también toda la información y los recursos con los que van a contar mis alumnos y alumnas. Quizá de ahí salgan relatos picarescos llenos de dolor y compasión, de tristeza y solidaridad, de empatía e indignación... Espero poder compartir en breve esas historias con vosotros.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Desde las tripas...


“La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo". Eduardo Galeano
Fue hace mucho tiempo… Más de veinte años… Tres chicas de pueblo cogían un avión para viajar a  un país lejano con la intención de ayudar a sus gentes. El país acababa de firmar los acuerdos de paz y había mucho que        hacer. 
Del viaje en avión poco recuerdo. Del traslado del aeropuerto a la casa donde unas amigas nos recibieron solo mantengo viva la emoción que me provocó el contacto con el aire cálido y húmedo del trópico golpeando mis mejillas en la oscuridad.

Tras una breve estancia en la ciudad, pronto nos trasladamos a una pequeña comunidad levantada en medio de una zona totalmente despoblada y desforestada. Las paredes de las chabolas en las vivían los aldeanos solo tenían nueve filas de bloque y en ellas se sostenían unos travesaños metálicos sobre las que unas chapas hacían de tejado. Aquel poblado, aquellas casas y aquella gente fueron nuestro hogar durante casi cuatro años. 

Cuanta hospitalidad se reflejaba en la siempre repetida frase de recibimiento “pase y tome asiento” con la que ofrecían al visitante el mejor lugar de la casa, una hamaca que, colgada de punta a punta, atravesaba la estancia central.  La vida de un refugiado da para muchas historias y aquella gente humilde compartía con gusto sus andanzas que aderezaban con los mejores manjares de la casa: un poco de arroz, algún tamal, un café caliente…

Aquellas conversaciones bajo la tenue luz del candil en las noches me marcaron de por vida. Conocer de primera mano las vivencias  de quien en pocos años tiene que reconstruir tres o cuatro veces un hogar para luego volver a abandonarlo, es una experiencia que mueve muchas cosas. Las historias de aquellos adultos y también la de aquellos niños que se vieron arrastrados al viaje eran escalofriantes.  Salir corriendo de casa con lo puesto y rodeados de oscuridad, escapar de las bombas que estallan alrededor sin tener la certeza de que la próxima no caerá encima,  tragar los gritos, los llantos, los miedos, convivir con la angustia de que la luz te puede delatar…

Los relatos que empezaban con la guerra tenían su siguiente capítulo en el campo de refugiados, un lugar donde la privacidad era solo un deseo maltrecho y en el que incluso las visitas al baño se realizaban con escolta, sufriendo muchas veces los abusos de aquellos cuya misión era la de protección. La incertidumbre con la que aprendieron a vivir en aquellos momentos dejó mella en niños y mayores que no sabían si el regreso a casa estaba próximo o si el exilio iba a durar largo tiempo y los convirtió en seres sin futuro, personas que, aún muchos años después, eran incapaces de planear algo que hacer en el futuro.

A pesar de todo, aquellos agricultores, oficialmente convertidos en refugiados lograron ponerse de acuerdo sobre el siguiente paso a dar y viajaron a un país en el que construyeron un poblado en medio de una selva, a orillas de un lago. Los campesinos de las montañas aprendieron el oficio de la pesca y en los diez años que permanecieron allí lograron domar la salvaje naturaleza.

Con el tiempo la guerra en el país terminó y la nostalgia que nunca se había apagado se avivó con el deseo del regreso a un país que los más mayores añoraban pero los más pequeños desconocían. Pero la vuelta tampoco iba a ser fácil. Primero tocó pelear  y reivindicar el derecho al retorno con una marcha durísima a través de la selva. Una vez logrado esto y ya en la tierra que les había visto marchar hacía más de diez años, se encontraron en medio de un gran secarral en el que los pocos arbustos que lograban sobrevivir apenas asomaban bajo una gruesa capa de polvo y tierra.  “El mar no está lejos”, les dijeron para que se animaran, “solo a media hora caminando”.

Aquellos campesinos reciclados como pescadores, gentes recias, duras, volvieron a poner manos a la obra y construyeron un nuevo hogar.  Abrieron las entrañas de aquellas tierras secas hasta encontrar agua y empezaron a pelear con las tierras salvajes que finalmente lograron domesticar y convertir en terrenos cultivables...

Por aquella época llegamos nosotras, cargadas de ilusiones y creyendo que podíamos aportar grandes cosas a la comunidad. No tardamos en darnos cuenta de nuestro error y en aquellas “pláticas” fuimos creciendo como personas, descubriendo la humanidad de quienes más han sufrido, la solidaridad de quienes más han perdido, la generosidad de quienes menos tienen…

Este ha sido mi único pero estrecho contacto con refugiados. Aquella comunidad se encontraba en Usulután, El Salvador, Centroamérica y se llamaba Ciudad Romero en honor al obispo asesinado y recientemente declarado santo.

Pero, ¿qué relación tiene esto con Siria y con la actual crisis de refugiados que estamos viviendo en Europa?

Hace algunas semanas, Manu Velasco me escribió para hablarme de la iniciativa Maestros con los niños de Siria y aquella conversación que mantuvimos en twitter me removió porque sacó a flote este experiencia de vida que tenía guardada en mi corazón.

A pesar de que le dije a Manu que iba a enviar algo para el blog, el tiempo ha pasado y las palabras no acuden a mí. Varias veces he hecho el intento de escribir sobre el dolor que provoca en mi ver las imágenes de todas esas personas que huyen del terror de la guerra para encontrarse con el horror de la insolidaridad en una Europa por la que transitan sin rumbo, pero el silencio se ha apoderado de mis tripas. Estas fotografías que denuncian la miseria de algo que está sucediendo a no tantos kilómetros de mi sofá, al tiempo que me hieren, bloquean todos mis intentos de contar algo sobre una angustia que solo conozco desde la distancia… Por eso sólo he sido capaz de escribir sobre aquellos refugiados a los que tuve la suerte de conocer y con quienes compartí varios años de mi vida… por respeto a tanta familia destrozada, por solidaridad con quienes no logran escapar del horror.

Algunos habréis visto dos imágenes que bajo el hashtag #SiriaGritaPaz he publicado en las redes con motivo del Día de la Paz. Es a lo máximo que he podido llegar.

lunes, 15 de febrero de 2016

Las emociones de los niños de Siria, el DIY y la Realidad Virtual

Desde este espacio que me habéis cedido quiero agradeceros que me hayáis invitado a explicar mi experiencia y visión sobre el gran problema que representa para los niños de todo el mundo los conflictos de los adultos y cómo lo padecemos todos pero en particular los niños y niñas.

En mi centro hay niños de todo el mundo, excepto, que yo sepa de Australia. Niños y niñas con sus vivencias directas, las experiencias heredadas en su imaginario del sufrimiento de sus padres en la huida por el peligro inminente o el de desplazamiento por motivos económicos.

En diversos centros he conocido niños y niñas que han visto matar en su país de origen, me han referido niños que han venido en el chasis de un Trailer, niños que han venido en pateras... Sé de niños que su familia huyó en el último momento de ser capturados por ideas ideológicas o étnicas.

He conocido de la vivencia directa e implicación personal en su defensa, por un íntimo amigo, de las matanzas étnicas africanas.

Toda mi experiencia y relación personal con las traumáticas vivencias de esos niños, pero también adultos, solo es superada por la de mis padres que debieron sufrir en su infancia durante la guerra civil española.

Yo puedo sentir empáticamente lo mismo que ellos pero me faltan grados de su realidad no me pueden traspasar. Mi cerebro los entiende, se pone en su lugar, los comprende y puede llegar a soñar con sus experiencias pero no lo ha vivido.

Soy un apasionado de la mente (soy fisicalista, no dualista) y siempre he investigado sobre todo aquello que afecta, modifica y emerge de nuestros estados mentales, de nuestro cerebro.

Por esa misma razón, participé en experiencias de Realidad Virtual en el Laboratorio de RV de Psicología de la Universidad de Barcelona.

Ahora he descubierto una gran herramienta didáctica DIY, son las Google CardBoard de Realidad Virtual, tenéis una revisión de posibilidades educativas en mi blog donde lo podéis consultar.

Me entusiasmó las ideas que se podían desarrollar en clase con las gafas. Las pedí en AliExpress y aquí tenéis el Unboxing DIY de las Google Cardboad que es super fácil.

Y aquí llegamos a cómo podemos sentir lo mismo que los niños que han vivido la experiencia del desplazamiento de su territorio, de su cultura, de su casa, de su escuela... incluso en ocasiones de sus padres.  

Con las gafas, un smartphone y unos auriculares tenemos la experiencia más vívida y próxima a estar en un campamento de personas y niños desplazados. Cómo viven, cómo estudian, a qué juegan... y todo desde dentro, interactuando visualmente con ellos, solo nos falta, el olor y el tacto... todo llegará.

La aplicación que podemos usar para obtener la inmersión en la realidad de esos niños es VRSE. Concretamente utilizaremos un vídeo de personas desplazadas. Aquí tenéis la versión web, pero es infinitamente más real la que utilizaremos en la GoogleCardBoard y el Smartphone.

Pero hay otros vídeos como éste y del campamento para sirios, este otro.

Imaginaros todos los recursos que nos proporcionan estos vídeos y otros de 360º para la educación. Imaginaros crear un taller con nuestros alumnos con la filosofía Maker del DIY y que todos nos construyamos esas gafas. Imaginaros que utilizamos Smartphones que el AMPA nos proporcionan porque ya no utilizan los padres para tenerlos en clase y visionar las experiencias inmersivas...

Las posibilidades son infinitas pero lo que más me ilusiona es ver las caras de los niños al sentir las emociones de los otros.

He de decir que si el centro está ubicado en una comunidad socioeconómica precaria... no habrán muchos smartphones funcionales que donen los padres... no se lo pueden permitir.

Sin embargo, el valor de la reutilización de tecnologías descatalogadas (móviles, tablets, ordenadores antiguos en los que instalemos software Linux para equipos antiguos...) estará presente en este proyecto. Igual que la idea de utilizar cartones para diseñar las gafas... Lo más difícil es encontrar los oculares... ¿Alguna idea que no sea comprarlos? Hay proyectos para construirlos mediante plásticos y agua pero no son muy viables en un proyecto de esta envergadura... creo.

Espero que os sirva como ideas para trabajar las emociones y las experiencias de las poblaciones desplazadas, como es el caso de los niños de Siria.

Félix Eroles

miércoles, 10 de febrero de 2016

¿Dónde estarán sus verdes miradas?

¿Dónde estarán sus verdes miradas?

...Siria, un fascinante país, al que siempre quise ir...
...Siria, para mí, las miradas mas bellas del mundo...


Este mes de Febrero se cumple una década. Corría el mismo mes del año 2006. Ya había hecho la reserva y había pagado la primera parte del viaje. Como siempre, me compré mi guía. Una de esas que no tienen casi ninguna foto y si mucho texto. Los cuatro meses siguientes, disfruté de la dulce espera, leyendo todo lo que podía sobre su cultura, sus paisajes, sus ciudades, monumentos...

Y un buen día, saltó la noticia. La vi en el telediario. Julio de 2006. La zona se había inestabilizado porque Israel y Líbano tenían hostilidades (Así lo definía la noticia). A diez días de empezar mi viaje, la agencia lo anulaba. Con resignación y no sin dolor, renunciaba a empaparme de ese país. Ese verano, recorrí las tierras de Marruecos.

...Pero...
...Siria siempre estaba en los primeros lugares de mis deseos viajeros...


Llegó 2008. Pasé por la Expo de Zaragoza y de allí, a recorrer Siria y Jordania. El día veintisiete de julio a las 10,30 de la mañana, llegaba a Damasco vía Amán.

Un fascinante viaje que me llevaba a enamorarme de su gente. En Damasco visité su Museo Arqueológico, comí en el Palacio de los Omeyas, El Mausoleo de Saladino, subí al monte Casión... pero lo mejor de todo, era encontrarme con los bellos ojos y sus verdes miradas.


Al día siguiente, una parada en el desierto antes de llegar a la soñada Palmira. Allí, en medio de la nada, estaba él con su familia. Jugaba tranquilamente y con bastante timidez me dejó que lo retratara. Junto a él conocí la dureza de la vida en ese lugar y también reí cuando amablemente, me vistieron como una mujer siria. 


Luego, Palmira se apoderó de mis sentidos, en uno de los más maravillosos atardeceres que he tenido la inmensa suerte de disfrutar.


Mi viaje continuaba visitando el Crac de los Caballeros y la maravillosa Aphamea. Y en este lugar una de las más bellas historias sentidas. 

A lo lejos me vio llegar y se dirigió directamente a saludarme. Un saludo con el lenguaje universal de las sonrisas y las miradas. Llevaba en sus manos unos libritos turísticos y quería que le comprara uno. El guía empezaba a explicarme todo lo relacionado con esas bellas columnas y él... se sentó cómodamente a esperar, a escuchar... no dejaba de clavar sus ojos en los míos y de vez en cuando, me sonreía...cuando el guía terminó, se acercó a mi y una amplia sonrisa iluminó aún más su mirada, cuando le compré ese librito. que con tanto cariño guardo. Luego, recorrió conmigo Aphamea, hasta que al caer la tarde, se despidió.


.

Recorrí también Alepo, Hama... siempre fascinada por la amabilidad y cercanía de las mujeres, hombres, niños/as de los distintos lugares y por sus rostros, los rostros más bellos del mundo.



He llorado muchísimo desde que empezó esta guerra. He visto y oído miles de imágenes, noticias... he visto la destrucción de los lugares que me hicieron tan feliz, pero sobre todo he llorado por ellos. Sin consuelo me pregunto:

HOY... ¿DÓNDE ESTARÁN SUS VERDES MIRADAS? 

sábado, 16 de enero de 2016

La sonrisa del desierto

Aquel día, mientras vagaba por el desierto, en pos quizá de la belleza, sentí una gran emoción al contemplar la mirada de un niño, tras la que intuí la quietud temporal, la serenidad, y ese espacio infinito que se oculta tras las dunas. El niño me devolvió la mirada con una sonrisa, que me colmó de felicidad, mientras su hermana se ocupaba en revisar su bicicleta. Entonces, comprendí que basta una sonrisa para que los humanos nos reconozcamos allá donde vamos. Ni siquiera necesitamos palabras. Una mirada risueña, cálida y cercana, fue suficiente. 

jueves, 14 de enero de 2016

Aquí me siento bien: Esta también es mi casa - Manejo Emocional del Niño Migrante tras el Viaje Migratorio

1º Premio Nacional Fundación Mapfre de Innovación Educativa 2014.

Desde mi niñez más temprana, recuerdo las conversaciones de mis padres a la mesa, conversando sobre sus años de emigrantes en Suiza. Fueron emigrantes de aquellos de los 60, cuando España sufría tal crisis que salir del país se presentaba como la única solución posible. Con apenas unos estudios básicos y con un absoluto desconocimiento del mundo, se instalaron en Berna, la capital, donde permanecieron durante 14 años. Allí nací yo. Solamente estuve 3 años, los suficientes como para que mi memoria recordara imágenes, olores e incluso sabores en mis posteriores viajes a la tierra alpina que me vio nacer.


Las emociones que describe el director de cine Carlos Iglesias en su película “Un franco 14 pesetas” (2006), calcan a la perfección las diferencias que, ya hace años, existían en países europeos con respecto a la acogida del migrante. Me sobrecogen las descripciones de mi padre con respecto al primer día de escuela de mi hermana: era el propio “patrón” quién acompañaba a mis padres a llevarla en aquella jornada tan importante de su vida; les presentaba a la maestra  del “kindergarten” y les animaba en el acto de cortar el lazo emocional con su hija en un país desconocido para ellos.

A lo largo de vida laboral como maestra de Pedagogía Terapéutica en el Colegio Virgen de la Peña (Bembibre), mi contacto con los niños migrantes ha sido constante. Zona minera por excelencia -ahora en decadencia-, y receptora de extranjeros en pos de la misma fortuna que años atrás muchos españoles, he podido observar las conductas y procesos de adaptación que muestran estas familias. La gran mayoría de origen árabe, casi siempre separados del padre durante los primeros años de acomodación, y posteriormente familias reagrupadas con esposas e hijos. Las dudas han estado desde siempre:

¿Imaginas lo que siente un niño cuando deja su país? ¿Se les pregunta con frecuencia qué es lo que sienten?, ¿Cómo se sintieron cuando dejaron atrás amigos, familia, paisajes, recuerdos…? ¿Se les pregunta acaso, qué sintieron cuando llegaron, quién les ayudó, cómo resolvieron sus conflictos emocionales, o tan siquiera, si los han superado? ¿O acaso con frecuencia el profesor de música, les sugiere que entone una melodía de su país de origen y que explique lo que ensalza? ¿Se procura cada día facilitar sus niveles de integración en el aula, pidiéndoles que ejemplifiquen aquel concepto del que se está hablando, para ampliar el punto de vista de sus compañeros, o simplemente para que se sientan importantes? ¿O quizás se les da la oportunidad, en los centros católicos, de entonar una oración a Alá, -al igual que él escucha nuestras oraciones a Dios-, en pos del respeto, la tolerancia y la apertura a otras culturas y religiones?

A emociones y sentimientos provocados en los niños y familias por el hecho migratorio, el duelo que genera -Síndrome de Ulises-, el manejo de la llegada y la adaptación socioemocional al nuevo entorno y al centro, la situación socioeconómica inestable a la que se enfrentan, la falta de redes sociales de apoyo… Se les añade todo lo relativo al ámbito curricular. Por si fuera poco, los niños han de sacar aun mas fuerzas para poder enfrentarse a un sistema educativo, sobre el que los organismos oficiales y el estado teoriza maravillas sobre la educación individualizada y adaptada, donde justifican sus decretos y decisiones con teorías educativas como programas de apoyo, niveles de desarrollo integral, motivación, inmersión lingüística, etc., para luego contradecirse conduciendo a estos pequeños a hundirse en la frustración y en la desmotivación hacia todo lo escolar por medio de pruebas del mismo nivel que su grupo de edad, mismo temario, mismos libros de texto… Esto no es acogida. Ni siquiera humanidad.

Toda esta situación que describo fue el campo de cultivo para desarrollar un proyecto que resultó ganador del 1º Premio Nacional de Innovación Educativa de la Fundación Mapfre 2014, “Recapacita”. El proyecto se encuadró bajo las directrices de teorías y pensadores de referencia en cuanto a las Inteligencias Múltiples (H. Gardner) y la Inteligencia Emocional (Goleman), el Trabajo Cooperativo (Johnson & Johnson), la terapia Racional Emotiva (A. Ellis), etc. Se pretendía que el alumno fuera capaz de detectar las cogniciones negativas que generaban sus emociones, para poder tornarlas positivas, analizando mediante trabajo cooperativo (con otros compañeros en la misma situación de recién llegados) los tres momentos de “su viaje”: la recepción de la noticia en el país de origen, el viaje en sí mismo, y la llegada y acogida al país (España).

Pudimos realizar actividades de todo tipo (de competencia matemática: calculando distancias, tiempos, manejando escalas...; de competencia lingüística: practicando en la adquisición de la lengua vehicular...; aprender a aprender, mediante el manejo de mapas mentales, etc.) y otras en las que incluso las familias participaron de forma muy colaboradora y agradecida. No solamente se analizaron emociones, sino que se plasmaron en “Diarios de viaje”, se compartieron pensamientos sobre los distintos objetos traídos del país de origen y las emociones suscitadas, se analizaron obras de pintores de la época modernista (con las que incluso aprendieron a poner nombre a aquello que sentían), relataron sus viajes, reímos, lloramos.

 

Creo que a estas alturas perciben su “viaje” de una forma muy distinta y gratificante.

Creo que es bueno que los maestros, esos que tantas horas pasamos a su lado, seamos más conscientes de esta certeza que yo tengo:

MIENTRAS ESTOS PEQUEÑOS NO TENGAN EL DUELO MIGRATORIO ELABORADO, RESULTA ABSURDO PRETENDER QUE SUS MENTES SE ABRAN AL CONOCIMIENTO TÁCITO.

A-C-O-J-A-M-O-S

Montse Alonso Álvarez
@monsealo

miércoles, 13 de enero de 2016

NOS (otros)

"Extranjero. Palabra que te despoja de cualquier otra condición. Eres el extranjero. Estás fuera de lugar y no puedes evitar ser siempre lo que no debes ser. Poco importa lo que haces, lo que piensas, lo que sientes. Eres el extraño"  (Jesús Ángel Sánchez Moreno)

Ante la situación en la que nos encontramos, deseo colaborar con este precioso proyecto y deseo compartir con vosotros este poema:

HAGAMOS UN TRATO

Compañera
Usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesr de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

Muchas gracias a MARIO BENEDETTI.

Desarraigo

Bryan tenía solo 7 años. Su familia vivía en una casa humilde en Perú, en un pueblecito escondido en el departamento de Arequipa. Desde siempre había visto cómo sus abuelos y sus padres se levantaban temprano y, a la salida del sol, se iban a trabajar al campo.

Al mismo tiempo Bryan tomaba junto con su hermana María y sus amigos Javier y Marcos el camino a la escuela, no era fácil, tenían que recorrer andando cuatro kilómetros por caminos de tierra y piedra, pero iba contento, le encantaba su escuela, un pequeño edificio casi aislado y rodeado de árboles, con bancos alineados por parejas y donde se reunían todos los niños de las aldeas vecinas.

Su Maestro era D. Raimundo. Bryan tenía tres hermanas mayores que él, solo María le acompañaba por las mañanas a la escuela, las otras dos hermanas se quedaban en la casa haciendo tareas para la familia. Al regresar a casa se entretenía un rato jugando en la calle con los amigos y, a veces, se juntaban en la casa de alguno de ellos y veían sus programas favoritos de televisión. Estas eran sus rutinas y su vida.

Una mañana, más temprano de lo habitual, su padre le llamó : -“Bryan levántate, te vas con mamá de viaje”. El pequeño no entendía nada. En menos de una hora iba camino de Arequipa en el carro conducido por su padre, al lado su madre y él atrás con las dos maletas. Unos ojos asombrados retenían en su retina los paisajes de su infancia, descubrían los edificios de Arequipa, el impresionante Masti… el aeropuerto con aviones que volaban de verdad… y en unas horas todo ese mundo desapareció.

Tras un largo viaje aterrizaron en Madrid y de aquí en autobús hacia Sevilla. Bryan no entendía nada, había abandonado su vida, sus sueños, sus amigos, su escuela, no sabía lo que le pasaba, pero lloraba. Su frágil corazón preguntaba a su madre por qué vinieron tan lejos y solos. La madre le contestaba que para encontrar una vida mejor. En el piso convivían con dos familias más y compartían baño y cocina. Desde las ventanas no se veían los árboles, no se escuchaban los pájaros, ¡Se asfixiaba! Pero era tan pequeño que solo podía entender esto con lágrimas.
Recuerdo que llegó a la escuela medio escondido detrás de las faldas de la madre. Subimos a la clase y lo presentamos a los compañeros. Su mamá también entró a conocer a sus nuevos amigos y les contó de dónde venían. Todos le preguntaban, todos querían ser su compañero de mesa, todos querían tenerlo en su grupo. Bryan, a pesar del miedo, mostró una breve sonrisa.
Han pasado algunos años, Bryan, un niño resiliente donde los haya, terminó la primaria con nosotros y pasó al instituto hasta cuarto de ESO. Al tercer año de estar en Sevilla, solo con su madre, se vino el padre con la hermana pequeña. Hace unos días me llegó una carta de Bryan, me decía que habían regresado a su casa en la aldea, que el sueño de alcanzar un mundo mejor no había sido posible.
Estimado maestro: 

Al final regresamos a Perú. El sueño de alcanzar un mundo mejor no ha sido posible. Como sabrá mi madre estuvo limpiando casas y haciendo todos los trabajos que encontraba, guardando cada céntimo, hasta que pudo traer a mi papá y a mi hermana María. Nunca pudimos dejar el piso que compartíamos, pero al menos pudimos coger dos habitaciones y el espacio no era demasiado pequeño.

Mis padres seguían levantándose temprano, como en la aldea cuando iban al campo, buscando la oportunidad de un trabajo que apenas nos daba para sobrevivir. Así hemos estado casi diez años, otra vida. A finales de septiembre del año pasado mis papás decidieron tomar los pocos ahorros que tenían y comprar los billetes de vuelta a casa, ¿qué casa?

La vista del Masti, la vuelta a Arequipa, el trayecto en el todoterreno, lo viví envuelto en lágrimas, no entendía nada, a pesar de mis casi 17 años. Mi padre delante justo al lado del chófer, mi madre, mi hermana y yo atrás, todos callados, sin decir nada. A lo lejos empecé a ver los caminos por donde andaba de pequeño y chapoteaba entre los charcos, comencé a oler a tierra mojada, a sentir los árboles movidos por el viento, me dio un pinchazo en el corazón.

Entre sollozos me abracé a mi madre como cuando era pequeño, María gritaba: ¡estamos llegando, estamos llegando! Mis hermanas nos esperaban, seguían en la casa con los abuelos y también salieron gritando emocionadas al vernos. En pocos segundos estábamos todos abrazados y llorando, habíamos vuelto. Aquí en la aldea las cosas cambian poco. Los abuelos siguen cultivando la poca tierra que nos ha dado hasta ahora para comer, espero que con mis brazos podamos conseguir mejor cosecha y encontrar la felicidad aquí. Siempre le he echado mucho de menos. Me acuerdo de sus palabras cuando me fui al instituto: “sé tú mismo y cuando puedas no pierdas la oportunidad de ayudar a los demás”.

Un abrazo muy grande D. M.
¡Muchos besos! Bryan

Miguel Rosa
@miguel__rosa

martes, 12 de enero de 2016

El abrazo de Sherezade

Tengo una especie de secreto personal que ahora comparto.

Cuando comenzó la guerra en Siria acababa de estar, recientemente, en ese país cargado de historia, casi leyenda. Compré en una tiendita un jabón de Alepo, famoso por su receta artesanal de más de 2.000 años. Me prometí estrenarlo cuando todo esto terminara, como celebración. Aún sigue en el cajón. Mucho más tiempo del que yo esperaba y verlo me produce dolor.

Sé que esto que comparto es una banalidad, pero cuando la realidad de sobrepasa y te faltan las palabras, pueden aparecer hasta las supersticiones.

Pero es verdad que “ver” las cosas, las hace cercanas, te las vuelve presentes, por eso el proyecto Maestros con los niños de Siria quiere “ver” y no guardar en el cajón del recuerdo la imagen de Aylan y tantos otros niños.

Me gustaría, cual Sherezade, que cuando alguien consiga salvar a alguno de estos niños, lo abrazara y le contara un cuento de Las Mil y una Noches, que le recordara su tierra en paz, que no terminara nunca, que lo alejara de la terrible verdad que los rodea.

Y a los niños de aquí, a los nuestros, les contaría este otro cuento:

Érase una vez, una familia de ardillas que vivía en el bosque. Al llegar el invierno, los papás ardillas estaban muy contentos porque tenían todo listo para pasar el invierno, mucha comida y ramas para sus hijos. Pero una noche, Papá Ardilla escuchó un fuerte ruido. Se asomó a su hueco del árbol y vio que el bosque estaba amenazado por una gran máquina que talaba todos los árboles dejando sin casa al resto de animales, que corrían aterrados tratando de salvar a sus hijitos.

Papá Ardilla cerró la puerta, no quería que sus hijos se asustaran. Pero el ruido era tan grande que Mamá Ardilla le preguntó:
-    ¿Qué pasa afuera? 
   No te preocupes, sigue durmiendo. Nuestro árbol es el más grande y fuerte del bosque y no va a         pasarnos nada.

Pero Mamá Ardilla no podía quedarse tranquila sabiendo que sus vecinos tenían dificultades y le dijo:
-    Debemos ayudar a nuestros vecinos. Tenemos espacio y comida para compartir con los que más lo    necesitan ¿Para qué vamos a guardar tanto, mientras ellos pierden a sus familias por no tener nada?

Papá Ardilla miró a sus retoños durmiendo calentitos y corrió a ayudarles. Al momento, el inmenso roble estaba lleno de animalitos felices de refugiarse en él. El calor de todos hizo que se derritiera la nieve acumulada en las ramas y se llenara de flores, ¡primavera en mitad del invierno! Y todos, durmieron abrazados esperando la llegada del buen tiempo.

Abracemos a los niños sirios, como si fueran propios. Tal como me gustaría que hubiera unos brazos lejanos para abrazar a mis hijos, si fuera el caso.

Elena Rodríguez @iElenaR