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domingo, 28 de febrero de 2016

Explicaciones de 'maquillaje'

El Roto Imagen: Sin título (2015). Más en: www.elroto-rabago.com
Colaborador de la campaña gráfica “Refugiados/as: entre el ataúd y la maleta
 




Quiero aprovechar este espacio para realzar y difundir la campaña de sensibilización: “Refugiados/as: entre el ataúd y la maleta emprendida por la “Associació Professional d'Il·lustradors de València - APIV (España)”. Es esta una iniciativa colectiva y abierta del mundo gráfico en apoyo a las personas migrantes, víctimas de la llamada “crisis de los refugiados” y de la inoperancia de los países europeos.
Los dibujantes realizan dibujos por 10 euros que se aportan íntegramente a los fondos de Valencia Ciudad Refugio, pero el ambiente es casi festivo: multitud de aficionados acuden a ver a autores como Ortifus, Paco Roca o Mique Beltrán. Uno encuentra en una mesa a David Belmonte dibujando sentado junto a Paco Giménez mientras Sergio Meliá acaba de darle color a otra imagen ante la expectación de tanto adultos como niños.” (SERGI ALBIR. Un pequeño ejército de dibujantes para Siria. Valencia 20 FEB 2016. ‘El País’)
Un proyecto como el nuestro de “Maestros con los niños de Siria” se solidariza con acciones que engrandecen los listados de ciudadanos y ciudadanos ‘indignados’ con el modo de construir nuestra sociedad. Una maraña de relaciones que rehuye las causas de las crisis sociales, humanitarias, migratorias... y se afana en fabricar explicaciones “racionales” con la pretensión de dar cobertura a los comportamientos más egoístas.
Autor: Victo Ngai 

Ofrecer razones para que los refugiados no huyan de sus hogares y se encaminen con enseres y familias hacia la incertidumbre y, en ocasiones, la muerte exige gestionar la paz con sinceridad y con contundencia. Ofrecer a los migrantes económicos buenas razones para no abandonar su familia y su país, significa replantearse las relaciones económicas y comerciales Norte-Sur y no ahondar en las profundas desigualdades geográficas presentes en nuestra 'aldea común'… requiere llegar a acuerdos, a nivel mundial, tan difícil de alcanzar como nos lo demuestra la reciente cumbre del Clima de París.
Barco de papel (2016) | Mercedes Camacho.Colaboradora de la campaña gráfica “Refugiados/as: entre el ataúd y la maleta


“Con ocasión de la Conferencia Mundial sobre el Cambio Climático (COP 21) llevada a cabo en París el pasado mes de diciembre se vio la extremadificultad para tomar la más mínima medida en este sentido: fueron necesarios extensas negociaciones con los Estado del Norte para que se comprometieran a movilizar 100.000 millones de dólares al año de aquí al 2020, para ayudar los países del Sur a enfrentarse al efecto del cambio climático. Esta suma puede parecer importante, pero representa tan solo 2 años de las ganancias netas de Apple…” (Bernard Cassen. Europa, tierra de emigrantes. Le Monde Diplomatique en español. Febrero 2016: 29)
Home (2016) | Anna Falcó. Colaboradora de la campaña gráfica “Refugiados/as: entre el ataúd y la maleta

Muchas de las actuaciones del hombre y de las organizaciones están impregnadas por un fuerte sentimiento de ‘incertidumbre’ que suele estar unido a la ausencia de referentes cívicos, solidarios y éticos. La acción del hombre queda, de esta manera, dominada por una extraordinaria obsesión de encontrar explicaciones tranquilizadoras que “maquillen” los desajustes económicos y sociales, así como sus consecuencias, presentándose ante la opinión pública como hechos ‘naturales’ e inevitables.


Ante la ausencia de un análisis crítico y riguroso sobre las razones, causas y finalidades de las conductas sociales, las respuestas que se pongan en marcha desde el poder y desde quienes las sufren estarán siempre abocadas a la agresión continua y en escalada. Desde la calificación de las conductas sociales más aberrantes como ‘efectos colaterales’ –sin la consiguiente modificación de posturas y actuaciones por parte de aquellos que las han promovido–, cualquier decisión que se adopte podrá ser cuanto menos calificada de irresponsable.
Autor: Kai ti Hsu

miércoles, 13 de enero de 2016

Desarraigo

Bryan tenía solo 7 años. Su familia vivía en una casa humilde en Perú, en un pueblecito escondido en el departamento de Arequipa. Desde siempre había visto cómo sus abuelos y sus padres se levantaban temprano y, a la salida del sol, se iban a trabajar al campo.

Al mismo tiempo Bryan tomaba junto con su hermana María y sus amigos Javier y Marcos el camino a la escuela, no era fácil, tenían que recorrer andando cuatro kilómetros por caminos de tierra y piedra, pero iba contento, le encantaba su escuela, un pequeño edificio casi aislado y rodeado de árboles, con bancos alineados por parejas y donde se reunían todos los niños de las aldeas vecinas.

Su Maestro era D. Raimundo. Bryan tenía tres hermanas mayores que él, solo María le acompañaba por las mañanas a la escuela, las otras dos hermanas se quedaban en la casa haciendo tareas para la familia. Al regresar a casa se entretenía un rato jugando en la calle con los amigos y, a veces, se juntaban en la casa de alguno de ellos y veían sus programas favoritos de televisión. Estas eran sus rutinas y su vida.

Una mañana, más temprano de lo habitual, su padre le llamó : -“Bryan levántate, te vas con mamá de viaje”. El pequeño no entendía nada. En menos de una hora iba camino de Arequipa en el carro conducido por su padre, al lado su madre y él atrás con las dos maletas. Unos ojos asombrados retenían en su retina los paisajes de su infancia, descubrían los edificios de Arequipa, el impresionante Masti… el aeropuerto con aviones que volaban de verdad… y en unas horas todo ese mundo desapareció.

Tras un largo viaje aterrizaron en Madrid y de aquí en autobús hacia Sevilla. Bryan no entendía nada, había abandonado su vida, sus sueños, sus amigos, su escuela, no sabía lo que le pasaba, pero lloraba. Su frágil corazón preguntaba a su madre por qué vinieron tan lejos y solos. La madre le contestaba que para encontrar una vida mejor. En el piso convivían con dos familias más y compartían baño y cocina. Desde las ventanas no se veían los árboles, no se escuchaban los pájaros, ¡Se asfixiaba! Pero era tan pequeño que solo podía entender esto con lágrimas.
Recuerdo que llegó a la escuela medio escondido detrás de las faldas de la madre. Subimos a la clase y lo presentamos a los compañeros. Su mamá también entró a conocer a sus nuevos amigos y les contó de dónde venían. Todos le preguntaban, todos querían ser su compañero de mesa, todos querían tenerlo en su grupo. Bryan, a pesar del miedo, mostró una breve sonrisa.
Han pasado algunos años, Bryan, un niño resiliente donde los haya, terminó la primaria con nosotros y pasó al instituto hasta cuarto de ESO. Al tercer año de estar en Sevilla, solo con su madre, se vino el padre con la hermana pequeña. Hace unos días me llegó una carta de Bryan, me decía que habían regresado a su casa en la aldea, que el sueño de alcanzar un mundo mejor no había sido posible.
Estimado maestro: 

Al final regresamos a Perú. El sueño de alcanzar un mundo mejor no ha sido posible. Como sabrá mi madre estuvo limpiando casas y haciendo todos los trabajos que encontraba, guardando cada céntimo, hasta que pudo traer a mi papá y a mi hermana María. Nunca pudimos dejar el piso que compartíamos, pero al menos pudimos coger dos habitaciones y el espacio no era demasiado pequeño.

Mis padres seguían levantándose temprano, como en la aldea cuando iban al campo, buscando la oportunidad de un trabajo que apenas nos daba para sobrevivir. Así hemos estado casi diez años, otra vida. A finales de septiembre del año pasado mis papás decidieron tomar los pocos ahorros que tenían y comprar los billetes de vuelta a casa, ¿qué casa?

La vista del Masti, la vuelta a Arequipa, el trayecto en el todoterreno, lo viví envuelto en lágrimas, no entendía nada, a pesar de mis casi 17 años. Mi padre delante justo al lado del chófer, mi madre, mi hermana y yo atrás, todos callados, sin decir nada. A lo lejos empecé a ver los caminos por donde andaba de pequeño y chapoteaba entre los charcos, comencé a oler a tierra mojada, a sentir los árboles movidos por el viento, me dio un pinchazo en el corazón.

Entre sollozos me abracé a mi madre como cuando era pequeño, María gritaba: ¡estamos llegando, estamos llegando! Mis hermanas nos esperaban, seguían en la casa con los abuelos y también salieron gritando emocionadas al vernos. En pocos segundos estábamos todos abrazados y llorando, habíamos vuelto. Aquí en la aldea las cosas cambian poco. Los abuelos siguen cultivando la poca tierra que nos ha dado hasta ahora para comer, espero que con mis brazos podamos conseguir mejor cosecha y encontrar la felicidad aquí. Siempre le he echado mucho de menos. Me acuerdo de sus palabras cuando me fui al instituto: “sé tú mismo y cuando puedas no pierdas la oportunidad de ayudar a los demás”.

Un abrazo muy grande D. M.
¡Muchos besos! Bryan

Miguel Rosa
@miguel__rosa

lunes, 11 de enero de 2016

Perfectamente real

Algo completamente inverosímil pero perfectamente real.
En un planeta agitado por una corriente cálida que removía los colores del climatógrafo y los equilibrios del climaterio, una niña trasnochaba debajo de la manta. A veces sentía calor, a veces frío. 
Hacía tiempo que la última de sus amigas había cerrado el chat en su red social. Como no podía dormir, admiraba los efectos del cambio climático sobre la superficie combada del planeta, a través de una aplicación recomendada por la profesora de Ciencias Naturales. Earth: an animated map of global weather conditions.




Podría haberse levantado a describir en una hoja de papel su propuesta de medidas contra el sobrecalentamiento global. Pero habría tenido que encender la luz y, en consecuencia, añadir otra pincelada roja a la imagen sincronizada real-time. Prefirió cerrar los ojos, mientras imaginaba humanos dotados de branquias con las que respirar bajo el nivel creciente de las aguas marinas. Tuvo la extraña certeza de que su pueblo estaba, ahora, debajo del mar. 
Previno mentalmente un encuentro con Bob Esponja y Calamardo en el próximo atolón inundado por la irracionalidad de esos alienígenas, que pueden ver lo que está pasando en cualquier parte de su mundo, pero no pueden intervenir modificando su destino.
En vez de sumergirse, como una selkie sin amarras, en las profundidades de aquel sueño, tocó suelo. Vislumbró las huellas de unos pies parecidos a los suyos sobre el fondo arenoso, un poco lodoso, de la plataforma continental, que debería haberlas borrado y asimilado. 
Volvió a cerrar los ojos durante unos segundos. Cuando los abrió, seguían ahí.
Las huellas se multiplicaron por dos, por diez, por cien. Anunciaban a niñas o niños desde la talla 21 a la 41. Criaturas con los dedos largos o cortos, separados o muy juntos, graves o ligeras, de todos los colores del climatógrafo, muchos años antes del climaterio, hasta que se reunieron en medio de una explanada.
Le miraban con ojos encajados en sus órbitas, rostros de perfiles un poco borrosos y cabello ondeando al ritmo de la corriente, a varias decenas de metros bajo la superficie de un mar agitado. 
Ariadna era muy miedosa. 
Tendría que haber sentido un escalofrío, los pelos de punta, el desmayo. No fue así.
Otra niña de ojos verdes la cogió de la mano, mientras los demás le iban saludando, cada uno a su manera: un guiño, una carantoña, el inicio de un baile, el signo de victoria, una mirada melancólica, gestos amigables y algunos burlones, amenazadores, que se reían cuando cambiaba el paso o se apartaba a un lado.
Escuchaba sus voces en distintas lenguas, la mayoría en árabe, algunas en inglés.
- ابتسامة، أنت في منزلك 
Sonrió. Estaba en su casa.
- Take it easy.
Sí, era fácil.
Le sorprendió entenderlas todas, como si fuera la torre de Babel. Lo pensó mejor: en la plaza de Babel, antes que se construyera la torre, antes que hubiera ejércitos ni fronteras.
- ¿Qué hacéis aquí?
- ¿Tú que crees?
La niña de ojos verdes los tenía ahora negros y sombreados por unas ojeras que hablaban de largas vigilias y jornadas de hambre.
- No sé. ¿Sois zombis?
- Nos ahogamos.
- ¿Nos ahogamos?
- Ya lo sabes. No podemos cruzar el mar en un ferry, ni volar en avión, sin un visado sobre la última página del pasaporte. Nunca nos dejarían entrar por las buenas. Tenemos que intentarlo…
- Y yo, ¿quién soy?
- No sé. Supongo que una djinn.
- ¿Qué es eso?
- الجني
- ¿Pixie?
- Te falla el traductor simultáneo.
- Sí, je, je… A veces me siento distinta al resto, como si estuviera mal programada. Una mujer androide.
“En las tradiciones más antiguas, los genios eran los espíritus de pueblos desaparecidos, que actuaban de noche y se escondían al despuntar el día. Otras tradiciones dicen que son seres de fuego. En todos los casos se trata de seres con características de duendes y otros seres mitológicos elementales de la naturaleza, que pueden, según su talante, atacar o ayudar al ser humano” ("Genio", Wikipedia).
- Un espíritu trasnochador.
- Puede ser… 
- ¿Para qué estoy aquí?
- Para ayudarnos.
Se sentaron en el suelo húmedo y frío de la explanada. Muy cerca de ellas se levantaban tiendas de campaña y sombrajos que ocultaban lo que había detrás. Una brisa gélida de amanecer acarició su piel. Ahora sí que le recorrió un largo escalofrío, desde la planta del pie descalzo hasta la punta del pelo revuelto.
Volvió a ponerse de pie para otear. Descubrió montones de escombros ennegrecidos por el fuego entre hileras de casas de tres o cuatro pisos. Muchas amenazaban ruina. Se apoyaban las unas en las otras en calles estrechas, de modo que la caída de una auguraba el desplome de la siguiente.
- ¿Estáis encerrados? Me recuerda al ghetto de Varsovia.
- Esto es Yarmuk, un campo de refugiados palestinos. Era, antes que lo bombardearan.
-¿Qué me dices?
- Me llamo Shatila. Estás conociendo mi historia. Lo necesitas si quieres ayudarnos y liberarte.
- No tengo que librarme de nada. Estoy soñando bajo la manta de mi cama.
- ¿Seguro?
- Creo que sí.
- Sueñas que vuelves a ser niña. Sueñas que puedes cambiar el mundo.
Cerró los ojos durante unos segundos. Quería despertar.
Cuando volvió a abrirlos, su amiga todavía estaba allí.